Cuando la naturaleza se pone de colores, el hombre retrocede (Yuracsayhua)
A Víñac y gente que ama a Víñac
martes, 7 de septiembre de 2021
viernes, 3 de septiembre de 2021
jueves, 31 de octubre de 2019
Movimientos populares espontáneos, entre espontaneísmo y transformación
A
partir de las últimas décadas del siglo pasado asistimos a una
gradual pero permanente decadencia de los partidos políticos
tradicionales.
Partidos
políticos en crisis
A
partir de las últimas décadas del siglo pasado asistimos a una
gradual pero permanente decadencia de los partidos políticos
tradicionales. Esto se da tanto en la derecha como en la izquierda.
Las poblaciones van evidenciando un creciente hastío en relación a
las formas tradicionales de la “política profesional”, dada por
tecnócratas, burócratas siempre alejados de la gente, “mentirosos
de profesión”. La política hecha a través de los partidos
(farsante, embustera, manipuladora) sigue siendo la forma en que se
maneja la institucionalidad de los Estados nacionales, pero cada vez
más es la mercadotecnia, el manejo “de mentes y corazones” –como
pedía Joseph Goebbels en su momento en la Alemania nazi, o más
recientemente el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, maestro
en estas artes–, la tecnología publicitaria, la que “hace” la
política. O, al menos, la que se encarga de “manejar” a las
grandes masas. Las decisiones fundamentales, por supuesto, se siguen
haciendo en las sombras. Y no la hacen los “políticos de
profesión” precisamente, sino los que les financian las campañas
y para quienes, en definitiva, trabajan.
De
ningún modo esos partidos están agotados, pues continúan siendo
correas de transmisión entre el poder económico –los verdaderos
amos– y las grandes masas, ofreciendo las capas de burócratas que
manejan los aparatos estatales. Pero la credibilidad de esos partidos
está en este momento por los suelos, en todos los países
capitalistas del mundo. De todos modos, el “credo” fundamental de
la politología oficial, de la llamada “democracia representativa =
dinerocracia”, está dado por la existencia de esos partidos. El
resguardo de lo que la ciencia política de derecha funcional al
sistema llama “gobernabilidad” (o el inefable neologismo de
“gobernanza”) son esos –aunque desacreditados y un tanto
aborrecidos– partidos políticos. Por así decir: un mal necesario
para el sistema.
En
el campo de la izquierda las cosas también están complicadas.
Caídas las primeras experiencias socialistas de la historia
(desintegración de la Unión Soviética y la extinción del bloque
socialista europeo) el avance de las fuerzas de cambio social quedó
un tanto –o bastante– relegado. Hoy, una pregunta clave en el
campo de la izquierda es ¿cómo construir alternativas válidas,
consistentes, realmente efectivas? Los partidos políticos clásicos,
con un esquema leninista si se quiere, en el momento actual no están
en crecimiento. Antes bien: han perdido credibilidad, no arrastran
gente. Al menos en lo que llamamos Occidente. El caso de la República
Popular China es otra historia, con un Partido Comunista único por
su tamaño (90 millones de afiliados) y su papel histórico. Es el
verdadero garante de las transformaciones en curso, de haber sacado
de la pobreza a 700 millones de personas, y de haber hecho del país
una potencia económica, científica y tecnológica. Pero,
insistamos, ese es un caso peculiar, irrepetible quizá en nuestras
latitudes.
Hoy
por hoy todo lo que suene a confrontación, como consecuencia de
décadas de bombardeo mediático-ideológico, es visto como
“peligroso”. O, cuando menos, como desconfiable. De ahí que los
partidos políticos de izquierda, los tradicionales partidos
comunistas (leninistas, o también maoístas, o trotskistas), no
están hoy precisamente en crecimiento. Y si se trata de partidos
socialdemócratas, es decir: fuerzas políticas que hablan un
lenguaje capitalista “moderado”, “capitalismo con rostro
humano”, no hay la más mínima diferencia con los partidos
políticos de derecha. Los movimientos guerrilleros, por otro lado,
en la actualidad no son opción. Fuerzas alzadas en armas con décadas
de acción político-revolucionaria hoy se desarman para entrar al
juego “democrático-parlamentario = dinerocracia”, sin conseguir
con ello poner en marcha el ideario que los acompañó anteriormente.
A
decir verdad, actualmente no se ve muy claro ninguna propuesta real
de transformación social. Ello no significa, en modo alguno, que el
sistema capitalista esté blindado ante los cambios. Son
incontestables los elementos que demuestran su inviabilidad a futuro:
el solo ecocidio (la monumental catástrofe medioambiental) que ha
producido con su alocado modelo de consumo, o el tener las guerras
como una siempre posible válvula de escape cuando se traba, deja ver
su insostenibilidad. Sus negocios más grandes son: las armas, el
petróleo y las drogas ilegales, es decir: todas industrias de la
muerte. Pero aunque no ofrezca salida, solo, por su propio peso, no
cae. Es necesario que alguien lo derribe. ¿Quién es el sujeto
revolucionario entonces en la actualidad? ¿Es posible hoy levantar
las banderas de partidos políticos revolucionarios?
Esto,
en modo alguno niega que los partidos comunistas que han llegado al
poder (caso chino, caso cubano o norcoreano) sean obsoletos, estén
en retirada o no gocen de alta credibilidad. Son ellos, en realidad,
la garantía última de la construcción socialista que, con
diferencias y características propias particulares, está teniendo
lugar en cada uno de esos países.
Pero
ante este panorama de despolitización forzada, esta apatía por lo
social que se vive desde la implementación de los planes
neoliberales, con esta manipulada conducta de indolencia política
que se ha impuesto, en distintas latitudes del planeta, y sin dudas
en Latinoamérica con una considerable fuerza (ganan las elecciones
candidatos de ultraderecha como Macri, Bolsonaro, Duque, Piñera,
Giammattei), lo que sí se van dibujando como alternativas
antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos que
presentan demandas más puntuales, quizá sin un proyecto político
socialista en sentido estricto: luchas por la tierra, movimientos de
desempleados, de jóvenes, de amas de casa. O, con una gran fuerza y
sentido anti-sistémico, movimientos campesinos e indígenas que
luchan y reivindican sus territorios ancestrales.
Movimientos
populares
Quizá
sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al
menos como la concibió el marxismo clásico, como han levantado los
partidos comunistas tradicionales a través de los años en el siglo
XX), estos movimientos campesinos y de reivindicación de territorios
propios constituyen una clara afrenta a los intereses del gran
capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese
sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue
levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más
llamas. De hecho, en el informe “Tendencias Globales 2020 –
Cartografía del futuro global”, del consejo Nacional de
Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los
escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país,
puede leerse: “A
comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la
mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber
crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de
los pueblos indígenas (…)
Esos
grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas
internacionales y grupos antiglobalización (…)
que
podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos
latinoamericanos de origen europeo (…)
Las
tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la
región del Amazonas”.[1]
Para
enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la
región poniendo en entredicho la hegemonía continental de
Washington cuestionando así sus intereses (¿quizá también la
lógica capitalista en su conjunto?), el gobierno estadounidense
tiene ya establecida la correspondiente estrategia contrainsurgente:
la “Guerra de Red Social” (guerra de cuarta generación, guerra
mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército
combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como
décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y
los movimientos insurgentes que se expandieron por toda
Latinoamérica.
Hoy,
como dice el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso
colombiano en particular y latinoamericano en general, escrito antes
de la desmovilización de la principal fuerza guerrillera de
Colombia, pero igualmente válido ahora,
“la verdadera amenaza no son las FARC [o
alguna organización guerrillera vigente].
Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos
indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para
la estrategia hegemónica de Estados Unidos, para el capitalismo como
sistema] proviene
de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios
donde se encuentran estos recursos [biodiversidad,
agua dulce, petróleo, riquezas minerales],
o sea, de los pueblos indígenas”.[2]
Anida
allí, entonces, una cuota de esperanza si de transformación se
trata. ¿Quién dijo que todo está perdido?
No
hay dudas que la contradicción fundamental del sistema sigue siendo
el choque irreconciliable de las contradicciones de clase, de
trabajadores y capitalistas. Eso continúa siendo la savia vital del
sistema: la producción centrada en la ganancia empresarial. En ese
sentido, las premisas de trabajo asalariado y capital siguen siendo
absolutamente determinantes: los trabajadores generan la riqueza que
una clase, la poseedora de los medios de producción, se apropia. Esa
contradicción -que no ha terminado, que sigue siendo el motor de la
historia, amén de otras contradicciones sin dudas muy importantes:
asimetrías de género, discriminación étnica, adultocentrismo,
homofobia, desastre ecológico- pone como actores principales del
escenario revolucionario a los trabajadores, en cualquiera de sus
formas: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola,
campesinos pobres, trabajadores clase-media de la esfera de
servicios, intelectuales, personal calificado y gerencial de la
iniciativa privada, amas de casa, subocupados varios, trabajadores
precarizados e informales. Lo cierto es que, con la derrota histórica
de estos últimos años luego de la caída del Muro de Berlín y los
retrocesos habidos en el campo socialista, con el tremendo revés que
la clase trabajadora ha sufrido a nivel mundial con el capitalismo
salvaje de estos años, eufemísticamente llamado “neoliberalismo”
(precarización de las condiciones generales de trabajo, pérdida de
conquistas históricas, retroceso en la organización sindical,
tercerización), los trabajadores, los verdaderos y únicos
productores de la riqueza humana, quedaron desorganizados, vencidos,
quizá desmoralizados. De ahí que estos movimientos
campesinos-indígenas que reivindican sus territorios son una fuente
de vitalidad revolucionaria sumamente importante.
La
pregunta sigue siendo: ¿por dónde ir si hablamos de transformación,
de cambio social? Evidentemente la potencialidad de este descontento,
que en buena parte de América Latina se expresa en toda la
movilización popular anti-industria extractivista (minería,
centrales hidroeléctricas, monoproducción agrícola destinada al
mercado internacional), puede marcar un camino.
Fidel
Castro, interrogándose por la situación actual de la lucha
revolucionaria en todo el mundo, preguntaba: “¿Puede
sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en
ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una
nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender
que esta clase obrera -en el sentido marxista del término- tiende a
desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese
innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos
del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria,
el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?”.
Sin dudas, las posibilidades de transformación social se ven hoy
bastante escasas. El sistema capitalista ha sabido cerrar filas
contra el cambio.
Pero
siempre quedan rendijas. El sistema lleva en sí mismo el germen de
su destrucción. Las contradicciones que le son inherentes -la lucha
de clases- dinamiza la historia, y en algún momento eso estalla.
Como dijo el multimillonario estadounidense Warren Buffett: “Por
supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la
que está haciendo la guerra, y la estamos ganando”.
La gran incógnita es cómo hacer hoy para encender esa mecha que
ponga en marcha las transformaciones.
Movimientos
populares y vanguardia
Esos
movimientos populares espontáneos que mencionábamos más arriba,
definitivamente tienen una gran potencialidad. En Argentina, por
ejemplo, en diciembre del 2001, al grito de “¡Que
se vayan todos!”,
en dos semanas sacaron a cinco presidentes. Y en Ecuador, los
movimientos indígenas, liderados en parte por la Confederación de
Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), en parte actuando
espontáneamente, ya tienen una larga tradición de lucha y
movilización, pues en estos últimos años expulsaron del gobierno a
tres presidentes por corruptos, antipopulares y represores: Abdalá
Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez. Y en estos pasados días,
con una valiente acción de calle incendiando la ciudad capital,
Quito, lograron que el claudicante presidente Lenín Moreno diera
marcha atrás con un acuerdo fijado por el Fondo Monetario
Internacional (FMI) que contenía un “paquetazo” de medidas de
ajuste económico antipopular.
Ejemplos
de movimientos populares espontáneos hay muchos, heroicos en todos
los casos, valerosos, que se enfrentaron en numerosas ocasiones a las
fuerzas represoras, y triunfaron: la reacción espontánea de la
población venezolana ante un aumento desmedido de tarifas en lo que
se conoció como Caracazo, en 1989, lo que posibilitó la aparición
de Hugo Chávez años después. O la salida espontánea de cientos de
miles de seguidores de Hugo Chávez ya presidente, cuando fue
derrocado por un golpe de Estado de extrema derecha en 1992, logrando
su restitución casi inmediata.
En
la historia reciente hay cuantiosos ejemplos de estallidos populares,
de movimientos sin propuestas partidarias, pero de gran energía
política, que influyen en las dinámicas sociales, a veces de forma
profundísima: Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, movimientos
Okupa en diversas partes del mundo tomando tierras y construcciones
abandonadas para habitar, movimientos por la diversidad sexual,
estallidos espontáneos como la Primavera Árabe (luego manipulada y
tergiversada). Aclárese rápida y muy enfáticamente que no hacemos
entrar aquí lo que se conoce como “Revoluciones de colores”, por
ser ellas manipulaciones arteras hechas desde centros de poder con
fines bien delimitados, utilizando descontentos populares que son
vilmente manejados (recuérdese Goebbels y Brzezinsky).
Ahora
bien, la pregunta fundamental ante todo esto: ¿constituyen estos
movimientos -desde la reivindicación anti industria extractiva a los
desfiles gay, desde las protestas estudiantiles con toma de
universidad ante los “cacerolazos” que aparecen espontáneamente
cada tanto- un verdadero fermento revolucionario, una verdadera
chispa que puede encender el fuego del cambio profundo?
La
observación serena de los resultados de todos ellos muestra que sí,
efectivamente, como acaba de suceder en Ecuador, tienen una enorme
fuerza política (le torcieron el brazo a uno de los más poderosos
organismos del capital global en este caso), pero no alcanzan para
colapsar al sistema, para producir una revolución victoriosa. Como
alguna vez expresó un mural callejero durante la Guerra Civil
Española: “Los
pueblos no son revolucionarios, pero a veces se ponen
revolucionarios”.
¿Qué se necesita para que esa chispa, ese enorme descontento
popular que anida en la gente se pueda transformar en un verdadero
cambio de estructuras? Una vanguardia, un grupo organizado y con
claridad política que pueda conducir esa fuerza contestataria
encausándola en un auténtico proyecto transformador.
Este
breve opúsculo no hace sino poner al debate este espinoso,
dificultoso y controversial tema de la vanguardia (o como quiera
llamársele). ¿Pueden estas insurrecciones populares espontáneas
dirigirse solas a un cambio revolucionario, o es necesaria la
presencia de una organización política articulada que oriente el
camino? Vieja y trascendental discusión. Entiendo que la experiencia
enseña que el espontaneísmo solo no alcanza. Pero ¿cómo se
construye esa fuerza de vanguardia?
[1]
En
Yepe, R. “Los informes del Consejo Nacional de Inteligencia”.
Versión digital disponible en la página:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140463
[2]
Boaventura
Sousa, S. “Estrategia continental”. Versión digital disponible
en
https://saberipoder.wordpress.com/2008/03/13/estrategia-continental-boaventura-de-sousa-santos/
Por:
Marcelo
Colussi
jueves, 12 de septiembre de 2019
martes, 20 de agosto de 2019
Contradicciones en el capitalismo. ¿Hay principales y secundarias?
La sociedad capitalista está sostenida por una serie de contradicciones que, lejos de resolverse, se profundizan cada vez más conforme pasa el tiempo.
La sociedad capitalista está sostenida por una serie de contradicciones que, lejos de resolverse, se profundizan cada vez más conforme pasa el tiempo, aunque aparentemente se las quiera “suavizar”, hacerlas más digeribles y presentables.
Son contradicciones inherentes al capitalismo en tanto sistema, si bien algunas existían antes de él. Aquella sentencia de Karl Marx de que “Con el capital el mundo se hizo redondo” plantea ya con toda claridad que una de las características fundamentales del modo de producción capitalista desde sus inicios, es su desarrollo a escala global. Por ello puede decirse que la preconizada y a la moda “globalización” actual empezó prácticamente con el capitalismo mismo, con la llegada del hombre blanco a tierra americana.
En el período de la acumulación originaria en los países europeos dominantes, la sobre explotación de la fuerza de trabajo esclava traída a América desde el África y la fuerza de trabajo indígena de este continente jugaron un papel determinante. Eso no puede explicarse sin entender el racismo que acompañó el desarrollo capitalista, racismo que sirvió para justificar la inmisericorde explotación (“civilizados” –hombre blanco– versus “salvajes” –esclavos africanos negros, población originaria de América–). El racismo, o discriminación étnica, para ser “políticamente correctos” al día de hoy, no ha desaparecido. Es más: se ha incorporado cotidianamente, por eso en Guatemala, por ejemplo, un pobre que no se auto-reconoce como indígena puede decir campante: “seré pobre pero no indio”. Como se ve, las contradicciones se articulan, se anudan todas entre sí: para el caso, la económica con la étnica.
Lo mismo puede decirse de los bienes y recursos naturales que se extrajeron de África y América con destino a Europa: oro, plata, piedras preciosas, maderas preciosas, entre otros (sangría que nunca terminó, y que ahora se reaviva, dado el espíritu depredador del actual capitalismo extractivista). Estos recursos, y los de Europa, fueron determinantes en el período de la acumulación originaria. También alimentaron el inicio y desarrollo de la revolución industrial. El extractivismo fue clave en la acumulación originaria de capital y en el posterior desarrollo del capitalismo. En otros términos: la contradicción del modo de producción industrial-capitalista con la naturaleza está en la base del sistema. El mundo, para esta visión, es considerado “gran cantera” de donde extraer materia prima para su posterior industrialización. El “progreso” se abre paso contra el medio ambiente, lo cual abre un interrogante fundamental: ¿eso es el progreso? Evidentemente, con la catástrofe medioambiental que vivimos hoy, está clara la respuesta.
Por otro lado, en este sistema, desde sus orígenes hasta su fase actual, el patriarcado ha constituido un sistema de dominación, opresión y explotación de los varones hacia las mujeres. Si bien existió en los modos de producción anteriores, Federico Engels señala que “es con el capitalismo industrial, el desarrollo de la propiedad privada y del modelo de la familia monogámica moderna, que la opresión patriarcal de las mujeres adquiere un nuevo giro, instaurándose la esclavitud doméstica de las mujeres”. El trabajo doméstico es fundamental para mantener viva a la población; alguien debe reproducir la vida –biológicamente– y asegurar su estabilidad (preparar los alimentos, mantener el aseo de la casa, de la ropa). Eso, habitualmente, lo hacen las mujeres, las “amas de casa”. Para el capitalismo ese trabajo es vital… ¡pero no se paga! Por tanto, el trabajo esclavo de las mujeres como amas de casa (la mitad de la población mundial) es imprescindible. Pero nunca se registra como robo, como explotación. La contradicción brota por todos lados. Sin embargo, como efecto de la cultura-ideología dominante, esa mujer no trabaja: “¿Tu mamá trabaja? No, es ama de casa”. Inadmisible, absolutamente… ¡pero es así! Una contradicción alimenta la otra.
Con todo lo anterior queremos afirmar que con el surgimiento y desarrollo del capitalismo han surgido, por lo menos, cuatro contradicciones fundamentales: capital-trabajo, capital-naturaleza, varones-mujeres (patriarcado) y étnica-racial (racismo). Cada una de estas contradicciones constituye un sistema de dominación en sí mismo; el primero, el tercero y el cuarto son, además, sistemas de opresión y explotación de la fuerza de trabajo, de las mujeres y de la población indígena, originaria y afrodescendiente. Estas contradicciones se reproducen además en un contexto de capitalismo imperialista, en tanto el capitalismo más desarrollado (el europeo en un inicio, el estadounidense luego, o el japonés) arrasa con los llamados “sub-desarrollados”, manteniendo todas esas contradicciones. Hoy día podría anotarse otra contradicción como Norte-Sur (lo que en algún momento se llamó Primer Mundo-Tercer Mundo).
Definitivamente, todas las contradicciones se entrelazan y todas son igualmente importantes. De todos modos, siguiendo a Néstor Kohan, no puede olvidarse que “El capitalismo puede permear cierto pluralismo e ir integrando la política de las diferencias [léase: incluir las contradicciones que algunos llamarán “secundarias”: género, etnia, ecología]. Pero lo que no puede hacer jamás, a riesgo de no seguir existiendo o dejar de reproducirse, es abolir la explotación de clase. Precisamente por esto, dentro de la alianza hegemónica de fuerzas potencialmente anticapitalistas, aunque todas las rebeldías contra la opresión tienen su lugar y su trinchera, el sujeto social colectivo que lucha contra la dominación de clase debe jugar un papel convocante y aglutinador de la única lucha que posee la propiedad de ser totalmente generalizable.”
De ese modo, puede concebirse un capitalismo donde las mujeres toman el poder contra los varones, o los pueblos originarios contra los blancos, pero la contradicción de base: la explotación del trabajo, se mantiene. Por tanto, si bien todas las contradicciones marchan juntas y se retroalimentan, la contradicción capital-trabajo asalariado tiene un estatuto especial. Significativo al respecto es que hoy día el capitalismo se permite hablar (pero no cambiar mucho en lo sustancial) de estas contradicciones paralelas (la étnica, la de género, el llamado cambio climático). Sin embargo, de la lucha de clases no menciona una palabra.
Contradicción capital-trabajo
El desarrollo del capitalismo a nivel mundial en las últimas décadas ha supuesto cambios importantes en la configuración de las clases sociales y, por supuesto, en la lucha de clases. Aunque se haya querido proclamar triunfalmente “el fin de las ideologías y de la historia” (Fukuyama), la lucha interclases sigue siendo el motor de la historia.
La acumulación de capital ha trascendido la forma principal enunciada por Marx hace alrededor de 150 años, a partir de la creación de valor (de cambio) en el proceso de producción (de mercancías) y su apropiación por el propietario de los medios de producción. Marx planteó que la acumulación de capital se daba en dos ámbitos: en la producción de los instrumentos de producción y en la producción de bienes y servicios. En ambos, la acumulación de capital es posible por la explotación del trabajador (cualquiera sea: urbano-industrial, rural, de bienes o de servicios, productor manual o intelectual, etc., y habría que agregar: amas de casa haciendo trabajo doméstico no remunerado) mediante el trabajo no pagado (plusvalía), a partir de unas relaciones de producción favorables al propietario de los medios de producción.
La contradicción capital-trabajo se manifiesta en la lucha permanente que se desarrolla entre los capitalistas (burguesía industrial, oligarquía terrateniente, hoy día: clase capitalista global si se quiere) que buscan incrementar la plusvalía pagando menos a los trabajadores, o sobre explotándolos, y éstos que tratan de mejorar sus condiciones salariales. Dicho de otra forma, es la lucha que se da entre las dos clases sociales fundamentales en el capitalismo: los propietarios y los trabajadores.
Con el desarrollo del capitalismo, las clases sociales están sometidas a cambios y reconfiguración. Hoy no son lo que fueron, por ejemplo, durante el capitalismo industrial europeo estudiado por los clásicos en el siglo XIX. Con los procesos de robotización y eso que ha dado en llamarse, engañosamente, deslocalización (ubicación de las industrias del Norte en los países del Sur, donde las condiciones de explotación son mucho mayores, se evaden impuestos y no hay controles medioambientales), esa contradicción fundante ha sufrido variantes. Es válido preguntarse, como lo hace Fidel Castro: “¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esta clase obrera –en el sentido marxista del término– tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?”. A ese conjunto de empobrecidos, precarizados, que sobreviven como pueden, muy acertadamente Frei Betto les llamó “pobretariado”. Eso lleva a plantearse quién es hoy el sujeto transformador en la sociedad. O, dicho de otro modo: cuál es la contradicción fundamental del sistema por la que dicho sistema puede eclosionar.
En el ámbito de las clases sociales y la lucha de clases, el actual capitalismo neoliberal que viene desarrollándose estas últimas décadas, ha logrado en gran medida la flexibilidad laboral, que es otra de sus características. La flexibilidad laboral, infame eufemismo que quiere reemplazar la idea de “trabajador” por la de “colaborador” de la empresa, implica la anulación o no aplicación de las leyes laborales favorables a los trabajadores. En los empobrecidos países del Sur esto tiene manifestaciones grotescas: las condiciones laborales de los trabajadores sin prestaciones de ninguna clase, sin derecho a sindicalizarse y reprimidos violentamente cada vez que intentan protestar, pretende “hacer atractivo” a esos países para la inversión de capital transnacional. La profundización de la explotación se da en todos lados, pero son los países pobres del Sur (mal llamados “periferia”, en contradicción con la pretendida “metrópoli”), los que acusan mayormente ese deterioro. Es decir, en las condiciones de expansión capitalista actual existe una sobre explotación de la fuerza de trabajo que agrava la por siempre existente contradicción capital-trabajo. En el Norte la situación no es sustancialmente mejor, por cuanto la pérdida de poder adquisitivo por un capitalismo que se siente triunfal a partir de la caída del bloqueo socialista europeo, hace de la clase trabajadora una víctima sin mayor capacidad de defensa.
Sin embargo, y curiosamente, frente a esta profundización de la explotación, la lucha de los trabajadores (en cualquiera de sus expresiones) no aparece fuertemente, o aparece en expresiones mínimas. Las actuales políticas neoliberales consiguieron postrar así los reclamos de la clase trabajadora, haciendo del tener asegurado un puesto de trabajo un “tesoro” que no se puede perder. Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa era el comunismo, hoy es la desocupación.
El movimiento sindical de clase, combativo en otros tiempos, poco a poco, por efectos de la represión en el Sur y factores como la corrupción y la despolitización/cooptación (en el Norte), se convirtió en un movimiento intrascendente, aliado de las patronales, en definitiva. En general, los sindicatos ya no responden a la lucha de los trabajadores en su conjunto.
La contradicción capital-naturaleza
La contradicción capital-naturaleza puede sintetizarse en que cada vez hay una mayor presión del capital sobre los bienes y recursos naturales para su mercantilización, a fin de incrementar la producción capitalista y mantener el “crecimiento económico” capitalista, vital para la generación de mayor plusvalía. A lo largo del siglo XX, pero sobre todo en las últimas décadas, esta contradicción se ha agudizado. Con la expansión del capitalismo en su fase neoliberal a partir de finales de la década de 1970, la naturaleza, los bienes y recursos naturales han sido sometidos a una mayor presión por las grandes corporaciones transnacionales. La búsqueda desenfrenada de fuentes energéticas y de minerales estratégicos para las industrias de punta (en muchos casos: la militar) marcan esa tendencia.
Los efectos sobre el medio ambiente son desastrosos: agudización del cambio climático que provoca fenómenos naturales cuya magnitud resulta en desastres sociales y económicos; agotamiento de los recursos y bienes naturales; contaminación medio ambiental con polución del agua, del aire y de la tierra. El hiper-consumismo capitalista no se arregla buscando paliativos superficiales, como el reciclar, el separar la basura o la generación de una supuesta “conciencia verde”, no usando pajillas para tomar una gaseosa, por ejemplo. Todo ese esfuerzo hecho a nivel personal logra contener la contaminación global en apenas un 1%. El problema de fondo, la contradicción original es la voracidad del capital, que destruye todo en aras de su propio beneficio.
El modelo de capitalismo neoliberal trajo consigo el dominio absoluto del capital financiero sobre el proceso productivo. Hoy día son los capitales globales que se mueven de un paraíso fiscal a otro sin ninguna regulación los que marcan el ritmo del sistema. En su proceso de expansión, este capitalismo neoliberal provoca una disputa por la tierra y los recursos naturales entre las grandes corporaciones que dominan esa expansión, por un lado, y comunidades y pueblos que obtienen de ella los bienes necesarios para su existencia, por otro. De ahí que esta contradicción capital-naturaleza se evidencia en la lucha de pueblos originarios que defienden sus territorios contra empresas multinacionales extractivistas que invaden sin miramientos destruyendo todo a su paso (compañías petroleras, mineras, monocultivo destinado a biocombustibles, desvío de ríos para empresas hidroeléctricas generadoras de electricidad). Solo para graficarlo: para la obtención de un galón de biocombustible (utilizado en los países capitalistas del Norte próspero), hecho a base de azúcar, maíz o palma aceitera, se necesitan 2,000 litros de agua (robada a los empobrecidos del Sur).
El racismo y la contradicción étnica
En articulación con las anteriores contradicciones destaca la llamada étnica (o racismo). Es la que se desprende de la invasión, despojo y explotación colonial, que conminó a los pueblos originarios de Latinoamérica y los grupos afrodescendientes traídos a la fuerza a estos territorios en calidad de esclavos, a ser considerados casi animales, objeto de esclavitud y sobre-explotación, marginados y excluidos como seres de última categoría, objeto permanente de despojo de sus tierras y territorios, oprimidos en tanto sujetos colectivos y en tanto individuos.
Eso, aun cuando presenta cambios, ha sido mantenido en esencia por un capitalismo que justifica y reproduce la explotación laboral y el robo descarado a partir de razones étnicas y raciales. Esto ha configurado en todo el sub-continente latinoamericano sociedades profundamente racistas, en donde los que se dicen descendientes de los conquistadores (españoles y portugués, que llegaron a “civilizar”), resultan beneficiados por una sociedad estratificada étnicamente, mientras los pueblos originarios se ven afectados por un sistema que los trata como ciudadanos de segunda categoría, como mano de obra barata, excluyéndoles de los escasos y raquíticos derechos sociales, económicos, políticos, culturales, al mismo tiempo que les niega derechos correspondientes a su carácter de sujetos colectivos, como pueblos, entre ellos a los de autodeterminación y autonomía.
En el caso de América del Norte, o más específicamente de Estados Unidos, esa conquista de siglos anteriores confinó a los pueblos originarios en “reservas”. Ahí el racismo se juega fundamentalmente entre los blancos conquistadores (de origen europeo) y la población negra, de origen africano, otrora mano de obra esclava. En todos los casos, el racismo justifica la opresión económica. Queda claro que todas las contradicciones se anudan y entrelazan entre sí.
El patriarcado y la contradicción varones-mujeres
Otra contradicción histórica, íntimamente ligada con el carácter y curso del capitalismo como sistema, pero que debe ser entendido como un sistema en sí mismo, que requiere ser transformado al mismo tiempo y en todo espacio, es la opresión patriarcal.
Esta contradicción se expresa en una relación de sobre explotación de la mujer en el ámbito de las relaciones de producción, su mayor exclusión de las fuentes de empleo formal, del salario y la raquítica seguridad social con que cuenta, e íntimamente relacionada, de los ámbitos de decisión fundamental en el proceso productivo, reproductivo y en el proceso político. Esa condición se agrava cuando es utilizada como mercancía para propósitos de trata de personas, como producto de publicidad y como simple objeto sexual. El sexismo, en tal sentido, es otra contradicción anudada a todo lo anterior.
No obstante, también se expresa en un papel predefinido por el patriarcado, que se orienta a su conminación a la reproducción de la especie, de la familia y del mismo sistema patriarcal que la oprime, lo cual se manifiesta en la violencia, exclusión y dominio que el varón ejerce sobre ella, con el agravante que muchas veces las religiones lo justifican.
Dicha opresión patriarcal se expresa con mayor agudeza en la medida que la mujer pertenece a la clase trabajadora y a comunidades rurales, campesinas y marginalizadas. De todos modos, la exclusión de las mujeres en los distintos ámbitos de la vida es algo que atraviesa todas las sociedades.
En conclusión
Si se intentan modificar profundamente todas estas injusticias, queda claro que todas las contradicciones deberían superarse a la vez, simultáneamente. No es posible una justicia económica si sigue habiendo patriarcado; no es posible equidad de género si no hay equidad económica. Es imposible superar la contradicción étnica sin considerar las anteriores. No puede aspirarse a un mundo más armónico si persiste la locura consumista que nos impone el sistema capitalista depredando nuestra casa común, el planeta Tierra. En conclusión: todas las contradicciones marchan de la mano, y no es posible superar ninguna de ellas por separado. Si ello se intenta, no pasa de un intento vano.
Marcelo Colussi.
PLANETA EN PRISION PRIVATIZADO-ESCLAVIZADO
miércoles, 26 de junio de 2019
Elecciones de Junta Directiva en Wiñaccancha
Una vez más la Asociación Hijos de Víñac, residentes en Lima, realizó sus elecciones democráticas públicas con información en las redes para sus más de 300 asociados. El Comité Electoral integrado por el Dr. Desiderio Evangelista; Jn. Mario Perales y Srta. Jakeline Huari desarrolló las elecciones el domingo 23 de junio. La lista ganadora fue del Sr. Erasmo Páucar, quien tiene entre sus créditos el haber conseguido la titulación del local Wiñaccancha con la directiva anterior y el sostenimiento del proceso judicial ante algunos ambiciosos que tenía el objetivo de apoderarse del local.
Al ingresar al local Wiñaccancha, encontré a un numeroso grupo de jóvenes viñaquinos de distintas generaciones con quienes no compartí alegrías; pero han llegado para darle vida a esta institución. Me sentí extraño y viejo; pero feliz y en Viñac porque la institución se renueva. Los jóvenes están más empoderados en conocimientos y con ganas de salir adelante y revertir la larga tradición de errores. Allí están como muestra de este cambio los campeonatos que aglutinan liga tras liga a más familias. Los equipos ahora se dividen en familias, apellidos (Ya tienen equipo los Huari, los Huamán, los García, y otros que me olvido), y lugareños como equipos de Esmeralda, de Florida, de Apurí, de Tambopata; y el equipo de Santiago de Viñac.
Los mejores deseos a la nueva Junta Directiva, porque su éxito será el de la Asociación Hijos de Viñac. que no es solo un grupo de personas sino todas generaciones que vendrán de Víñac.
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| Momento del conteo de votos |
RESULTADOS DE LAS ELECCIONES EN LA “ASOCIACIÓN HIJOS DE VÍÑAC-LIMA”
Finalmente, ayer domingo (23-6-2019) se realizó las elecciones de la “Asociación Hijos de Víñac-Lima”. La lista 1, encabezada por Erasmo Paucar Evangelista, obtuvo un triunfo categórico con un 92% de votos a su favor. Entre sus miembros, destacan jóvenes viñaquinos como Bernardo Zenteno, Nely García, Leonardo Madueño, Antony García, Elsa Auris, Delfina Huari, Inés Perales y José Martín Guerra.
Dentro de su plan de trabajo de esta nueva gestión resaltan los siguientes: formalización total de la documentación de la asociación, mejora sustancial de la infraestructura de nuestra sede social Wiñaccancha, defensa férrea del proceso judicial que afronta la institución, diálogo constante para cohesionar a los viñaquinos residentes en la capital y, de este modo, cerrar filas contra las ambiciones personales de un pequeño grupo de viñaquinos, quienes, bajo el manto de la corrupción, traman acciones para sorprender a las autoridades judiciales y así perjudicar a nuestra institución.
Referente a la parte legal del local Wiñaccancha, gracias al trabajo extraordinario de los dirigentes anteriores y actuales, ahora los terrenos de la sede institucional Wiñaccancha han sido reconocidos legalmente por Cofopri y Sunarp. Con este reconocimiento, la institución da un avance significativo en su formalización legal y, además, se constituye como la institución representativa de todos los hijos viñaquinos residentes.
Ahora debemos organizarnos para celebrar el Corpus Christi viñaquino en la capital. Esperamos que la nueva junta directiva también asuma esta responsabilidad en coordinación con los mayordomos y con iniciativas como las de Wilson García y su equipo quienes vienen incentivando las costumbres y el folclore viñaquinos.
Saludamos a todos quienes ayer emitieron sus votos. Además, esperamos que esta nueva junta directiva asuma sus funciones con transparencia y honestidad.
miércoles, 24 de abril de 2019
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